CRÍTICA LITERARIA

Una crítica de El Último Copista

de Tito Lugo MD
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Una novela sobre la fragilidad de todo lo que se copia, se traduce y se transmite de una generación a otra

El Último Copista pertenece a esa clase infrecuente de novelas donde la estructura misma es una tesis. Bajo la apariencia de un thriller arqueológico —una cámara sellada del siglo V descubierta en una iglesia de Aksum, un manuscrito perdido del Libro de Enoc, una cuenta regresiva de treinta días antes de que el hallazgo quede bajo custodia eclesiástica sin calendario— la obra plantea una pregunta mucho más antigua y más incómoda: qué se pierde, y quién decide qué se pierde, cada vez que un texto pasa de una mano a otra.

La novela sigue al arqueólogo Gabriel Varela, a la conservadora Sara Haddad y a la filóloga Elena Markos en la reconstrucción de un hallazgo imposible —un sello del siglo V que oculta un cuaderno del XIX— mientras, en paralelo, la voz en cursiva de un copista anónimo narra, folio a folio, la noche en que decidió qué nombres raspar de la palabra sagrada. Dos líneas temporales que no se limitan a alternarse: dialogan, se iluminan y finalmente se funden en un epílogo que redefine todo lo leído.

La arquitectura del olvido

El mayor logro de El Último Copista es formal antes que argumental. Tito Lugo construye una arquitectura de contrapuntos —los "Folios" en cursiva frente a los "Capítulos" en prosa recta— donde el rigor documental de la arqueología convive con la tradición oral etíope, la paleografía con la fe, el archivo europeo con la memoria de un monasterio en una isla del lago Tana. Esta alternancia no es un recurso decorativo: es la ejecución literal del tema. La novela no solo narra la transmisión textual como problema histórico, la convierte en problema de forma, y el giro final —un "Cronista" que confiesa haber fundido documentos dispersos en una sola voz— cierra el círculo con una lucidez poco común: el copista que decide qué olvidar es, también, el autor que decide qué contar.

Particularmente notable es la manera en que la tradición oral andemta —el método etíope de exégesis donde el verso y su comentario se entrelazan como "piedra y agua"— se convierte en clave de lectura de la novela entera. La idea de que dos músicas distintas pueden escribirse con las mismas letras, y de que el oído extranjero no siempre sabe distinguirlas, funciona como metáfora de todo el libro: un texto que es, a la vez, misterio y comentario de sí mismo.

Una voz que resuena mucho después de leída

La voz del copista medieval es, sin discusión, lo mejor del libro. Frases cortas, cadencia casi bíblica sin caer nunca en el pastiche, imágenes concretas que se quedan —la grieta del cuerno de tinta, la jofaina que tiembla sin viento. La sentencia que atraviesa toda la novela, sobre cómo empieza toda copia cuando alguien decide qué olvidar, funciona como estribillo y como llave temática, y su reaparición traducida del alemán es uno de los hallazgos más elegantes del libro.

La documentación —codicología, paleografía ge'ez, uncial bizantina, la historia colonial de los manuscritos etíopes— está integrada en la acción y en el diálogo, nunca en bloques expositivos, y se nota el trabajo de un autor que entiende el oficio que describe y confía en la inteligencia de su lector. Entre los personajes secundarios, Miriam, la monja que custodia una tradición de lectura paralela a la académica, es el logro mayor de la galería: su autoridad no se declara, se demuestra.

Una novela que exige paciencia

Si existe una zona de fricción, está en el ritmo. Las extensas escenas de análisis filológico son intelectualmente satisfactorias, pero ceden protagonismo a la urgencia de thriller que la cuenta regresiva promete: esta es una novela que sabe más de paleografía que de suspense puro, y quien busque una trama más vertiginosa puede sentir que la balanza —tan presente como imagen en el propio texto— se inclina hacia la reflexión. El elenco contemporáneo, además, es numeroso, y algunos hilos piden del lector el mismo esfuerzo de memoria que la novela atribuye a sus copistas.

El artificio metaficcional final es arriesgado por diseño: al revelar que la voz del copista es una reconstrucción, la novela gana profundidad, pero también corre el riesgo de que el lector que se había entregado emocionalmente a esa voz sienta el giro como una distancia repentina. Es, en cualquier caso, una apuesta consciente, y una que premia especialmente la relectura.

Veredicto

Al cerrar el libro queda una certeza incómoda: toda copia —de un texto, de una vida, de una historia contada dos veces— es también un acto de elección, y esa elección tiene un costo que rara vez se archiva junto al documento. El Último Copista se sitúa con comodidad en la tradición de novelas como El nombre de la rosa o El club Dumas: erudición puesta al servicio del misterio, más que misterio puesto al servicio del entretenimiento puro.

Tito Lugo MD entrega una novela ambiciosa, culta y formalmente coherente, donde la fusión de estructura y tesis —su mayor virtud— es también lo que exige más paciencia al lector. Una obra pensada para quienes buscan en la ficción algo más que una trama que resolver: una pregunta que seguir pesando, como se pesa un pergamino, mucho después de cerrada la última página.

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